En 1980, Ricardo Rifo fue instruido como adiestrador canino por Ingrid Olderöck, la mujer más poderosa de la policía secreta de la dictadura chilena y quien es recordada por el empleo de perros en las violentas torturas sexuales que lideraba. Cuatro décadas después, en medio de un paisaje tan inhóspito como devastado, el campesino deambula asediado por la imposibilidad de enunciar el horror.