Anong regresó a su hogar en Laos, acompañado por Tsai Ming-liang. Los rebaños deambulaban, el viento mecía los árboles y las luces titilaban bajo el agua. En esta tierra de nadie, las casas abandonadas permanecían en silencio; sin embargo, cada una parecía tener un rostro distinto y narrar, en silencio, su propia historia. Una videocámara. Una cámara fotográfica. Y así nació una película.